Caótica La Paz 😰

La Paz está demasiado alta para existir. Su ubicación entre montañas hace que esté llena de cuestas, que se convierten en pequeños infiernos uno detrás de otro. El mal de altura hace estragos aquí, porque todo es un esfuerzo. Además las calles están siempre llenas de tráfico, que circula respetando lo justo las normas de tráfico. Un completo caos.

El primer día aquí tuvimos la suficiente fuerza como para subir al mirador Killi-Killi, cuyo nombre proviene de una pequeña ave rapaz que habitaba allí. Varias cuestas y tramos de escaleras después, llegamos a la cima. No deja de sorprendernos como señoras de 60 años nos adelantan mientras subimos, muchas de ellas cargadas con grandes pesos a la espalda. Los paceños están entrenadísimos y su resistencia es sobrehumana.

Desde el Killi-Killi se puede contemplar toda La Paz y El Alto, un barrio tan grande de la ciudad que tiene entidad propia. Al ver el estadio comprendemos lo que deben sufrir los deportistas que vienen a competir en él contra los bolivianos: cualquiera que no esté acostumbrado a casi 4.000 metros de altura se ahoga después de una simple carrerita. La ventaja de jugar como local aquí es mas grande que en ninguna otra parte del mundo.

Los dos días restantes los dedicamos a intentar adaptarnos a la altura y a recorrer las partes mas accesibles de la ciudad, si es que alguna puede ser calificada así. La Paz no es muy bonita que digamos y tampoco muy segura. Aún así nos las arreglamos para salir indemnes y contentos de ella, sobre todo porque hemos elegido un buen lugar para dormir y hemos encontrado sitios riquísimos para comer.

¡Ah! Y el mercado callejero de La Paz, cerca de la zona turística es uno de los mas inmensos que hemos visto nunca. Calles y calles llenas de puestos y vendedoras, que envuelven mercados físicos, tiendas y almacenes. Nos preguntamos a dónde va tanta comida, porque no hay muchos compradores. 

Ahora abandonamos la ciudad dirección Copacabana, con la intención de visitar el lago Titicaca y pasar nuestros últimos días en el país. 

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Vida de mercado 🍌

Hanoi es una ciudad llena de vida. Su casco viejo, llamado “Old Quarter”, es la mejor representación de ello. Sus calles son “temáticas” cada una dedicada por entero a una actividad: vendedores de hierbas, constructores de escaleras, vendedores de artículos de navidad, herreros… Es todo un espectáculo pasear por sus calles y simplemente contemplar el discurrir de sus habitantes. 

Seguramente el lugar que más no ha impactado es el mercado callejero. No es un mercado para turistas: es donde ellos hacen su compra diaria. El ajetreo combinado con la fusión de decenas de olores lo hace una visita indescriptible. 

Las mujeres que llevan la fruta, los diferentes puestos que cocinan la comida allí mismo, los vendedores de verdura y setas deshidratadas… cada pequeño rincón merece una pequeña parada para ver como funciona el negocio. 

Especial mención a la pescadería: especies de todos los tipos y tamaños vivas saltan de sus cajas e intentan escapar, mientras los dependientes cambian constantemente el agua para que se mantengan frescas. Y cuando hablamos de todos los tipos de especies no mentimos: tortugas enormes, anguilas, y hasta un tipo de pez tiburón.

El momento estrella de la sorpresa (y el asco) es ver como despellejan sapos enormes y los preparan para venderlos. Algo que no olvidaremos nunca.

Night market

Los mercados nocturnos son muy comunes en Thailandia. Los hay en cada ciudad a la que vamos y todos tienen 3 características parecidas: son enormes, hay decenas de puestos de comida callejera y siempre hay mucha gente. Si la temperatura acompaña es muy divertido recorrer los puestos y elegir donde cenar. Aunque de momento nosotros no somos muy atrevidos con la comida (por temor a futuras visitas al wc), así que apostamos sobre seguro: pad thai, arroz con cualquier cosa o algo que parezca occidental.