TropiCali ☀️

Bendito calor. Poder dejar las chaquetas y los pantalones largos en la mochila y sacar los cortos del fondo es algo que nos apetecía desde hace meses. En Cali hace calor, hay humedad y cuando sale el sol, calienta que no veas. Eso nos invita a recorrer la ciudad y descubrir sus rincones, a pesar de que solo hemos tenido dos días para hacerlo. Pero en ese tiempo ya nos ha dejado la sensación de que podríamos pasar aquí unas cuantas semanas.

Nos hemos alojado en el barrio de San Antonio, uno de los mas cuidados de la ciudad. Está lleno de restaurantes modernos de todo tipo de comida, incluidos algunos de verdadero lujo. Aún así puedes comer delicioso por 4 o 5 euros, lo que es un verdadero placer y te invita a probar cada local. A destacar una heladería artesana con sabores que no habíamos probado en nuestra vida.

El recorrido turístico por la ciudad te lleva bordeando el río arriba y abajo, visitando iglesias, museos y estatuas de gatos (hay muchísimas!). Las calles denotan cierta pobreza y un pasado mejor, pero la gente es alegre y muy habladora. Compramos un guarapo (zumo de caña de azúcar) super refrescante en un puesto callejero mientras disfrutamos del discurrir de la vida en las plazas.

Por la noche, después de cenar en un vegetariano riquísimo, subimos al parque cercano a la capilla de San Antonio donde los caleños se reúnen a tomar cervezas, escuchar música y reírse con los cuenteros, hombres y mujeres que divierten a la multitud con sus monólogos a cambio de la voluntad. Alrededor la música ha cambiado totalmente: del sonido de flauta de pan y procedencia inca hemos pasado a salsa y ritmo tropical. Eso marca el carácter y el ánimo de la gente y envuelve todo en un atmósfera de diversión. Nos dan ganas de pasar muchas noches sentados en la terraza de algún bar simplemente observando a la gente.

Ahora abandonamos Cali en dirección a Salento, con el objetivo de recorrer algún pueblo cafetero y aprender mas sobre uno de los pilares de la economía de Colombia, el café. 

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Gris ☁️

Hemos pasado una semana en Lima y absolutamente todos los días, cada minuto de cada hora, el cielo ha estado lleno de nubes de color gris. Este color inunda las calles, se refleja en los edificios, invade los acantilados de la costa. Es duro ser limeño y no ver casi nunca el sol. Por eso cuando encuentras una nota de color en alguna esquina es toda una alegría. Y por suerte la ciudad esconde varios rincones donde llenarte de vida.

Nuestro primer hostal en la capital de Perú era tan desastre que solo pasamos una noche allí. La cama era puro cemento, las ventanas eran de papel y el horrible tráfico de la ciudad resonaba por todas partes. Ah y como no, el wifi era inexistente. Dormimos tan mal que al día siguiente cancelamos el resto de las noches y buscamos un nuevo lugar donde pasar la noche. Por suerte Paula encontró una habitación en Airbnb que prometía mucho en el mejor barrio de la ciudad, Miraflores. Y allí que fuimos esperanzados, buscando encontrar un lugar donde descansar.

Bendito Airbnb. La casa era increíble, la anfitriona amabilísima y la ubicación inmejorable. Los dos días restantes se transformaron en seis. Incluso parecía que el sol podía salir entre la nubes. Tras un día de sueño reparador nos propusimos descubrir Lima, sobre todo sus delicias gastronómicas. A destacar: la sandwicheria “La lucha”, bocadillos de una carne excelente y unas papas riquísimas. La cocina al wok de “Sr saltado”, una mezcla de sabores asiáticos y peruanos a un precio asequible. Y sobre todo “El Cevichano” un puesto del mercado de Miraflores donde probar platos peruanos tradicionales. El ceviche que preparan allí es insuperable. Uno de lo platos del viaje.

Para bajar toda esta comida caminamos bastante y exploramos a fondo nuestro barrio. Es el mas elegante y adinerado de la ciudad y se nota: es cómodo, está limpio y es seguro. También recorrimos el paseo de la costa, al borde de los acantilados. Este camino nos llevo hasta Barranco, un barrio mas “hipster” que combina modernidad e historia. Otro día visitamos el centro, lleno de edificios coloniales e iglesias, como la mayoría de las grandes ciudades de Perú.

Lima es una ciudad que cuesta querer. El gris plomizo, la locura del tráfico, la inmensidad… hay que andar con cuidado porque hay barrios peligrosos y tampoco hay algo muy destacable que visitar. Pero si le dedicas tiempo le acabas encontrando su punto, sobre todo a través del estomago. Ahora seguimos hacia el norte, destino Huaraz. Mas altura nos espera…

Adiós Malasia, hola Singapur

Ha sido corto, pero ha merecido la pena. Malasia nos deja con ganas de más, de explorar mas allá de lo poco que nos ha dado tiempo a ver. Sus contrastes son seguramente los mas exagerados de todo el Sudeste asiático: del monstruo occidentalizado de Kuala Lumpur al apacible pueblo de Tanah Ratah o a la trendy Georgetown, Malasia es un país heterogéneo y muy interesante.

Su mezcla de malasios (musulmanes), indios y chinos, unido al legado colonial británico, holandés y portugués hace que el país sea una amalgama sin igual de culturas, tradiciones, religiones y razas. Y si algo nos está enseñando el viaje es que no hay nada mejor que la mezcla.

Nos queda pendiente una nueva visita al país, para recorrer con calma sus junglas, sus impresionantes grupos de pequeñas islas (dicen que es uno de los mejores lugares del mundo para hacer buceo y snorkel) y la gran isla de Borneo. Sobre todo nos quedamos con ganas de viajar a esta última y la oportunidad de ver orangutanes de cerca. Pero el dinero es limitado y no se puede ver todo…

Georgetown is cool 🕶

Georgetown is cool 🕶 . Llevamos solo día y medio en Georgetown y ya nos ha cautivado. La ciudad es una mezcla muy loca: árabes, indios, chinos y malayos conviven en una excolonia británica. Lo que teóricamente es el caldo de cultivo perfecto para un conflicto constante, da como resultado una ciudad y una gente tolerante, simpática, respetuosa y limpia. Gracias a su ubicación estratégica abierta al mar, Georgetown ha recibido influencias de todo el mundo y se ha convertido en una urbe cosmopolita y moderna, respetando su esencia multicultural. El arte callejero se mezcla con la tradición, creando algo único. . Más en badpackers.com . #goodpacking #malasia #penang #georgetown #streetart #graffiti #vivamosaquiuntiempo

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Una de las mejores cosas de viajar es encontrarte maravillas por sorpresa. Llegar a un lugar sin esperar nada (y muchas veces sabiendo aun menos), descubrir poco a poco sus encantos y sin darte cuenta, enamorarte perdidamente de él. Y eso es exactamente lo que nos ha pasado con Georgetown, una ciudad malaya que se encuentra en la isla de Penang, muy cerca de la frontera con Tailandia.

Llevamos solo día y medio aquí y ya nos ha cautivado. La ciudad es una mezcla muy loca: árabes, indios, chinos y malayos conviven en una excolonia británica. Lo que teóricamente es el caldo de cultivo perfecto para un conflicto constante, da como resultado una ciudad y una gente tolerante, simpática, respetuosa y limpia. Un crisol de culturas que convive en paz y se enriquece entre sí. 

Gracias a su ubicación estratégica abierta al mar, Georgetown ha recibido influencias de todo el mundo y se ha convertido en una urbe cosmopolita y moderna, respetando su esencia multicultural. El arte callejero se mezcla con la tradición, creando algo único.

Si te interesan las culturas, en Georgetown puedes descubrir una comunidad islámica que ha llenado la ciudad de mezquitas, inmigrantes chinos que desde hace decenas de años han traído consigo sus templos, su comida y sus tradiciones, una gran comunidad india que inunda la calle de olores y colores, una herencia colonial británica que se aprecia en la arquitectura de las casas y finalmente la población originaria de Malasia, que se entremezcla entre ellos. 

Si eres mas de ciudades cosmopolitas, en una sola calle puedes comprar un batido de coco en un puesto callejero de unos malayos trendys, fotografiar graffitis increíbles que mezclan pintura con objetos reales, aprender historia contada de manera divertida por medio de esculturas de hierro que imitan las viñetas de un cómic o sentarte en una cafetería que perfectamente podría estar en Barcelona o Londres.

Ya teníamos ganas de recorrer calles y esta ciudad nos ha dado la excusa perfecta para no parar de hacerlo. 

Quién lo iba a decir.