We’re all quitters! 🏃🏻

Una lluviosa mañana de octubre en Laos, 3 barcazas llenas de viajeros cruzan el Mekong desde Don Det a la isla cercana. Allí cogerán un bus que les llevará a la frontera con Camboya, donde tras infinitos tramites y varios sobornos conseguirán entrar en el país. 

En las barcas hay unos 40 pasajeros, todos jóvenes de entre 22 y 35 años. Y todos han dejado algo atrás para estar aquí. Todos son (somos) “quitters”, cuya traducción sería algo así como “abandonadores” o “dejadores”.
Hay un chico americano que ha dejado sus estudios de biología porque no se veía haciendo eso toda la vida. No le llenaba. Con los pocos ahorros que tenía ha viajado un mes por el sudeste asiático, explorando e intentando descubrir que hacer a la vuelta. 

Otra chica alemana lleva más de 6 meses viajando, dejando de lado su trabajo como médico en su tierra natal. Ha recorrido mucha parte de Asia y quiere seguir haciéndolo. No explica porque tomó la decisión de abandonar la medicina por un tiempo, pero no parece que quiera volver pronto.

Oímos como otro chico Indio de nacimiento, pero que vive en EEUU también ha dejado su trabajo porque estaba cansado de él. Viaja con su novia, que parece de Hawaii y prácticamente no habla. 

Él indio explica la sorpresa que le causa que, desde hace semanas, todos los viajeros que encuentra están en la misma situación. Todos han dejado trabajos, estudios y vidas, han cogido sus mochilas y están recorriendo el mundo.

“Donde yo vivo no conozco a nadie que lo haya hecho” dice “pero aquí todos estamos igual”. El americano se ríe y le contesta “We are all quitters!”.

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La noche en Laos 🌌

Los increíbles atardeceres de Laos tienen una pega: lo pronto que suceden. Durante toda nuestra estancia en el país a eso de las 6 de la tarde ya es noche cerrada. 

Eso nos obliga a levantarnos pronto si queremos aprovechar el día, lo que ya nos viene bien para no convertirnos en unos perezosos. La rápida llegada de la noche no sería problema sino fuese por su combinación con el toque de queda: a las 11 de la noche todo está absolutamente cerrado. Esto quiere decir que, debido al ritmo laosiano, a las 10 ya están recogiendo.

Eso hace que tengamos que cenar relativamente pronto pero sobre todo, que siendo bastante nocturnos como somos, tengamos demasiadas horas sin nada que hacer. Por eso por las noches un buen wifi es una bendición y una malo o inexistente, una condena.

Por suerte ahora pasamos a Camboya donde no existe el toque de queda y podremos disfrutar algo más de la vida nocturna.

Atardecer en Don Det 🌅

Don Det es una isla que si tuviésemos que definir en menos de 10 palabras diríamos: el lugar perfecto para disfrutar de no hacer nada.

El Mekong aísla Don Det del resto de la tierra exceptuando un puente que la conecta con otra isla igual de tranquila, llamada Don Khon. Es la única opción para salir, salvo que te subas a un barco. 

La actividad mas intensa que puedes realizar dentro de la isla es recorrerla andando. Puedes hacerlo tranquilamente en unas dos horas (apenas 9 kilómetros) y contemplar mientras caminas los verdes campos de arroz, los animales pastando y refugiándose del sol y la apacible vida de los locales, que oscila entre la vida rural y la vida orientada al turista.

Puede sonar aburrido y de hecho, lo es. Deliciosamente aburrido. Y el día no es lo mejor: el momento estrella llega con la puesta de sol. A eso de las 4.30 comienza la búsqueda de un bar con buenas vistas y bebidas frías desde el que observar como el sol baja hasta ocultarse. Un placer sencillo, pero un verdadero espectáculo para los ojos. 

Don Det atrapa, y entendemos perfectamente porque se llena hasta arriba de turistas cuando es temporada alta y puedes bañarte en el Mekong (el agua se vuelve azul y la fuerza de la corriente baja, ahora es marrón por el barro de las montañas y la corriente es muy fuerte).

A pesar de todo, podríamos pasar aquí semanas. Simplemente paseando, comiendo y viendo atardecer.

Esperando el monzón ⛈

En Laos en esta época lo normal es que llueva cada día. Algunas veces durante un buen rato, otras no llega a 10 minutos. Pero hay una excepción: cuando llega el monzón.

Todo el mundo aquí, incluso los animales, parecen saber cuando va a llegar. Lo esperan pacientes, exactamente igual que se toman el resto de su vida. Lo disfrutan incluso. Para los extranjeros suele ser un fastidio, sobre todo si te pilla en medio de una excursión. 

Hace dos días estábamos recorriendo Don Det a pie. El cielo estaba mas o menos despejado, nada indicaba lo que vendría después. Justo cuando llegamos a la otra punta de la isla, comenzó a llover. Primero fue una lluvia ligera, pero al mirar hacia Don Khon vimos como una gran tormenta se acercaba. Aceleramos el paso pero no lo suficiente: la lluvia torrencial nos atrapó a 20 minutos del pueblo.

No nos quedó otra que refugiarnos hasta que pasara el monzón. Esperamos una media hora, pero éste era de los intensos y largos. Se hacía de noche, así que tuvimos que correr al pueblo bajo el aguacero. Llegamos sin problemas, salvo porque estábamos calados hasta los huesos. El monzón es lo que tiene.

P.D: Las aplicaciones del tiempo aquí siempre fallan. Predicen que habrá tormenta durante todo el día y nunca es así. Parecen haberse vuelto majaras con el clima tropical. Ayer incluso, con un sol abrasador en el cielo, al mirar la app el tiempo actual era “tornado”.

Pedaleando Don Khon 🚴🏻

Hoy hemos recorrido en bicicleta la isla de Don Khon, la vecina de Don Det, y ha sido muy muy divertido. Lo que prometía ser un tranquilo paseo ha acabado convirtiéndose en una aventura a lo Indiana Jones. 

Esta isla se encuentra en el archipiélago conocido como las 4.000 islas, en el delta del Mekong. Ahora es época de lluvias y el agua está bastante turbia. Quizá las vistas nos son de postal pero es el mejor momento para ver su caudal y fuerza (y hay pocos turistas). 

Hemos visto cascadas, campos de arroz, un templo… pero lo más divertido han sido los retos que nos proponía el camino: Mantener el equilibrio para no caer en los arrozales (¡superado!)

Sortear los baches causados por el monzón en una bici de paseo (¡nos ponemos un 6!)

Cruzar los puentes, o mas bien listones de madera irregulares, sin caernos al río (¡conseguido y aún no nos lo creemos!)

Atravesar el camino de la jungla (suspenso: nos hemos comido ramas sin parar)

Mantenernos limpios de barro (fracaso total, estamos de barro hasta las cejas)

Para acabar una de las bicis se ha llenado tanto de barro debajo de la cubierta que ha decido dejar de funcionar. Parecía tener el freno puesto y nos ha costado la vida traerla de vuelta. 

En fin, una serie de pruebas que hemos conseguido superar yendo “de paseo” durante 22km. ¡Las agujetas, mañana! 😂

Tardes en moto 🌅

La mejor hora para conducir por Laos es a partir de las 4, cuando el sol está más bajo y no aprieta tanto el calor. La luz del atardecer ilumina las montañas y los campos de arroz, cambiando el tono de sus verdes y aumentando los contrastes. Durante la tarde los laosianos se activan de nuevo y la vida vuelve a las calles. 

Los comerciantes se acercan a los pueblos grandes con sus vehículos-cocinas ambulantes-tiendas para instalarse en los mercados nocturnos a vender sus productos. Pasarán allí toda su jornada laboral hasta que a eso de las 10 empiecen a recoger para respetar el toque de queda.

Los niños vuelven de las clases a sus casas, en bicicleta o andando, muchas veces varios kilómetros. Los colegios suelen estar a las afueras de los pueblos grandes y dan servicio a todos los pequeños asentamientos de alrededor. Los niños están acostumbrados a andar, se escudan del sol con libros o paraguas. Siempre saludan y sonríen a los turistas y es toda una experiencia ver un grupo grande parado en medio de la carretera gritando “Sabaidee!” (hola).

Y los animales se desperezan de la siesta y emprenden la búsqueda de su merienda. Las vacas y las cabras pastorean en el borde de las carreteras. Los gatos y los perros olfatean los restaurantes en búsqueda de algún occidental que les de un poco de comida. Las gallinas y los pavos picotean por los caminos, seguidos por sus ruidosas y temerosas crías. Y los cerdos se pasean lentamente por las calles, buscando algo que echarse a la boca.

El pinchazo 🔧

Moverse en moto tiene infinitas cosas buenas, como ya dijimos en la entrada que le dedicamos. Pero también tiene sus cosas negativas. 

La primera es que el tráfico en el sudeste asiático es bastante caótico. Prácticamente no hay semáforos, nadie usa los intermitentes y la forma de organizar los flujos de tráfico digamos que, como mínimo, es totalmente aleatoria. Cada incorporación es una aventura. Lo bueno es que conducen como viven: muuuuuy lento.

La segunda es que las motos de alquiler son, obviamente, de gama baja. Eso tiene dos problemas: que tienen poca potencia (cada subida pronunciada no podemos pasar de 10 km/h) y que los neumáticos no son los mejores.

Todo ello unido al mal estado de las carreteras suele acabar en pinchazo. El nuestro por suerte fue a escasos dos kilómetros del taller más cercano. Allí nos hicimos entender a base de signos (en los pueblos no tienen ni idea de inglés) y en un momento nos cambiaron el tubo y pudimos continuar. 

Nos sonrió la señora fortuna, porque recorrimos tramos de decenas de kilómetros sin nada alrededor mas que arroz. De haber pasado allí hubieran sido horas arrastrando la moto…