Zócalo 

Un zócalo es la banda horizontal que adorna una pared. Lo que teníamos entendido en España como zócalo, es básicamente un protector de la parte inferior. Pero en el pueblo de Guatapé, a una hora de Medellín, han hecho del zócalo su principal atractivo turístico. De hecho gracias a él se ha convertido en unos de los pueblos mas bonitos de todo Colombia.

Llegamos a esta región con la intención de ver el peñón de Guatapé, un monolito de roca que se alza 220 metros del suelo. Para llegar a la cima hay que subir 740 escalones y a pesar de que no son tantos, el sol y la humedad hacen mella. El esfuerzo merece mucho la pena porque las vistas desde la cima son impresionantes. El embalse de El Peñol rodea 360 grados la roca y las montañas de alrededor, creando un paisaje único. Es como si decenas de lagos se extendieran hasta donde alcanza la vista.

Tras almorzar en la base del peñón aún era pronto para volver a Medellín, por lo que nos animamos a visitar el pueblo que da nombre a la roca. Y que buena decisión. El trayecto en mototaxi son apenas 10 minutos y nada mas entrar en el pueblo ya te das cuenta que es un lugar especial. El color te envuelve por todas partes.

Comenzamos a recorrer las calles de Guatapé sin poder dejar de mirar las paredes de las casas. Todas están pintadas de vivos colores y cada una tiene un zócalo con un motivo diferente dibujado: ovejas, pastores, artesanos, comerciantes, escenas típicas del pueblo… Cada calle es un placer para la vista y es es imposible cansarse de subir y bajar por sus cuestas, porque detrás de cada esquina algo te sorprende.

El ambiente del pueblo es tranquilo y el agua del embalse ayuda a darle un toque idílico. Además allí tomamos el mejor granizado de café de toda Colombia, en una cafetería escondida en un cruce de calles. Nos hubiéramos quedado allí días, contagiados de su atmósfera de paz y sus plazas multicolor. Pero teníamos que volver a Medellín, así que resignados nos montamos en el minibus y regresamos a la ciudad. Al menos antes de marchar nos bebimos un jugo delicioso, así que no pudimos marcharnos con un mejor recuerdo. Guatapé es un pueblo increíble. 

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Botero en Bogotá

Hasta tres veces visitaremos Bogotá durante nuestra estancia en Colombia. Su ubicación en el centro del país la convierte en la ciudad ideal como base para recorrer el resto de lugares interesantes de los alrededores, por lo que es inevitable pasar por ella. Siempre nos hemos alojado en el barrio de La Candelaria, que reúne tres cosas: turistas, historia y universitarios. 

Hemos recorrido el barrio decenas de veces y visitado los lugares más emblemáticos: la plaza Bolívar (donde se encuentran las cortes de justicia, el edificio en el que tras el asalto del M-19 ardió gran parte del caso de Pablo Escobar), la catedral, el centro cultural Gabriel Garcia Márquez y la pequeña plaza Chorro de Quevedo, donde los españoles fundaron la ciudad en 1538.

Pero seguramente el lugar que mas nos ha gustado ha sido el museo Botero. Para su creación el artista colombiano donó 87 obras de su colección personal de arte y 123 obras realizadas por él mismo. Las únicas condiciones que puso fueron: que él decidiría la distribución y que el museo debía ser gratis por la eternidad. Y la verdad que es un museo espectacular donde puedes conocer la obra de Botero y admirar cuadros de otros artistas tan conocidos como Picasso o Dalí. 

En cuanto a la comida, hemos probado los platos típicos, tanto en restaurantes de menú como en alguno más carillo. Si bien la oferta gastronómica colombiana no es tan variada como en Perú si que se come rico. Aunque hay que tener cuidado porque casi todo es frito o un guiso potente y es fácil acabar tu viaje por este país con unos kilos de más y el colesterol por las nubes.

Tras la segunda parada en Bogotá nos dirigimos a Medellín, donde visitaremos la ciudad y los alrededores. ¡Seguimos hacia el norte!

Cometas en Villa de Leyva 🌬

Antes de visitar a fondo Bogotá, decidimos pasar por un pueblo que está a 3 horas al norte llamado Villa de Leyva. Es un pueblo pequeño que tiene un encanto especial porque han conservado toda la arquitectura de los tiempos de la colonia. Esto es así debido a que a finales del siglo XVII sufrieron una plaga terrible en las cosechas de trigo y muchos de sus habitantes tuvieron que abandonar su hogar y buscar nuevos lugares para cultivar, por lo que Villa de Leyva entró en decadencia y su población se redujo drásticamente.

La sensación cuando recorres las calles es la de haber viajado en el tiempo 300 años: suelos empedrados, casonas blancas de suelo de teja con balcones exteriores y grandes patios interiores. Los villaleyvanos los han conservado como en su origen y los han aprovechado para abrir restaurantes y cafeterías en una ubicación única. Es genial poder traspasar las puertas de las casas e irlos descubriendo uno a uno.

El pueblo está muy enfocado al turismo pero en Colombia tienen mucho gusto a la hora de abrir comercios y restaurantes, así que nunca te sientes en un sitio artificial. La modernidad convive con la tradición de una forma sencilla y natural. Los lugares históricos se suceden uno detrás de otro y en cada rincón hay alguna historia que descubrir. Nunca te cansas de pasear porque todo invita a ello.

Además tuvimos la suerte de coincidir con el festival anual de cometas de Villa de Leyva. Lo que creíamos que serían cuatro gatos era en realidad una competición muy seria donde los villaleyvanos se implican al cien por cien. El ayuntamiento cierra la enorme plaza central y allí se reúnen cientos de personas con cometas de gran tamaño y con diseños espectaculares. Mientras dura el festival el cielo está siempre lleno de colores vivos bailando al son del viento.

Durante los tres días de la competición viene mucha gente de los alrededores a observar el espectáculo. Y la verdad es que merece la pena: aquí hemos visto las cometas mas grandes de nuestra vida y las hemos visto volar tan alto que apenas se distinguían en el cielo. No acabamos de entender del todo las reglas del juego, pero estaba claro que la rivalidad entre equipos era fuerte y que venía de años atrás.
Villa de Leyva nos gustó a pesar de que solo pasamos un día allí. Ahora volvemos a Bogotá, para recorrer la capital de Colombia y descubrir sus secretos.

Los colores de Salento ☕️

El pueblo de Salento es tranquilo y colorido. Tiene buen café, buen clima y buena comida. No se puede pedir más. La gente pasea por las calles observando los balcones y las puertas de las casas, que brillan al sol y reflejan verde, rojo, rosa, azul. Sus calles empedradas recuerdan a un pasado colonial y la música que sale de los bares a un origen tropical. Salento es el lugar perfecto para descansar y disfrutar de Colombia.

Allí aprovechamos para visitar una finca cafetera y aprender sobre uno de los pilares de la economía de Colombia. Emprendimos el camino saliendo del pueblo y adentrándonos en la montaña. Nuestro objetivo era visitar una de los cafetales mas conocidos y recomendados, pero justo antes de llegar nos interceptó un chico que no pidió que le dejásemos explicar las bondades de la finca donde él trabajaba.

Las Acacias es un pequeño negocio familiar que intenta mantener el espíritu original del café. En sus hectáreas se cultiva de forma tradicional, se recoge el grano a mano, uno a uno. Se plantan bananos y limoneros para que den sombra y se cuida cada planta para que de lo mejor de si misma. El café convive con gallinas, vacas, cabras y otros animales que sirven de alimento diario para la familia. Es pequeño pero tiene encanto.

El guía que ofrece las explicaciones es uno de los trabajadores y lo sabe todo sobre el café. Nos cuenta la historia del café en Colombia, como hace décadas un hongo casi acaba con todas las plantaciones. Como el caos y la pobreza se apoderó del país y se cayó en una época oscura. Y de como las semillas creadas en laboratorios salvaron el café y como el país se ha recuperado poco a poco desde entonces.

También pudimos recoger granos de café, molerlos después de observar como se secan y obviamente, probar el producto final. Una visita muy interesante en un entorno impresionante.

Salento es un lugar especial, un lugar imperdible en Colombia. Nos encandilamos de su espíritu y no queríamos marchar, pero tenemos que continuar recorriendo este país. ¡Seguimos hacia el norte!

Bosque de palmeras 🌴 

Dejamos Cali y llegamos al pueblo de Salento, buscando conocer la esencia de la cultura cafetera y disfrutar la naturaleza colombiana. Lo primero que hicimos nada mas llegar fue informarnos sobre como visitar el valle de Cocora. Habíamos oído que era uno de los lugares mas bonitos de todo Colombia y desde aquí era fácil llegar.

A la mañana siguiente, a eso de las 9, estábamos subidos en un jeep que en 45 minutos ya nos había dejado en el inicio del trekking. El valle de Cocora se encuentra entre los 1800 y los 2400 metros, por lo que a pesar de formar parte de los Andes, la altura en esta parte de las montañas no es tan terrible. Por eso aunque el camino es casi todo subida, no te falta tanto el aire. 

El clima de la región es muy húmedo, con lluvias constantes. De ahí que durante la primera parte de la caminata se recorre un bosque nuboso. Ya vimos unos cuantos en Vietnam pero no deja de sorprendernos. Debido a la altitud, en los días nublados la niebla lo cubre todo y la vegetación recibe una inmensa cantidad de agua constante. Por eso es de un verde tan increíble. 

Pero lo más espectacular del valle de Cocora es el bosque de palmeras. En concreto es la palma de cera del Quindío, el árbol nacional de Colombia. Son unos árboles espectaculares, que pueden alcanzar hasta los 80 metros de altura. Están en peligro de extinción y solo crecen aquí, por lo que es todo un lujo poder verlas. Y además con un cielo medio despejado, algo muy extraño en un clima como éste.

El trekking de 4 horas por el valle nos ha encantado y volvemos a Salento cansados pero contentos. Mañana visitaremos una finca de café y seguiremos disfrutando del pueblo. Colombia sigue fuerte.

TropiCali ☀️

Bendito calor. Poder dejar las chaquetas y los pantalones largos en la mochila y sacar los cortos del fondo es algo que nos apetecía desde hace meses. En Cali hace calor, hay humedad y cuando sale el sol, calienta que no veas. Eso nos invita a recorrer la ciudad y descubrir sus rincones, a pesar de que solo hemos tenido dos días para hacerlo. Pero en ese tiempo ya nos ha dejado la sensación de que podríamos pasar aquí unas cuantas semanas.

Nos hemos alojado en el barrio de San Antonio, uno de los mas cuidados de la ciudad. Está lleno de restaurantes modernos de todo tipo de comida, incluidos algunos de verdadero lujo. Aún así puedes comer delicioso por 4 o 5 euros, lo que es un verdadero placer y te invita a probar cada local. A destacar una heladería artesana con sabores que no habíamos probado en nuestra vida.

El recorrido turístico por la ciudad te lleva bordeando el río arriba y abajo, visitando iglesias, museos y estatuas de gatos (hay muchísimas!). Las calles denotan cierta pobreza y un pasado mejor, pero la gente es alegre y muy habladora. Compramos un guarapo (zumo de caña de azúcar) super refrescante en un puesto callejero mientras disfrutamos del discurrir de la vida en las plazas.

Por la noche, después de cenar en un vegetariano riquísimo, subimos al parque cercano a la capilla de San Antonio donde los caleños se reúnen a tomar cervezas, escuchar música y reírse con los cuenteros, hombres y mujeres que divierten a la multitud con sus monólogos a cambio de la voluntad. Alrededor la música ha cambiado totalmente: del sonido de flauta de pan y procedencia inca hemos pasado a salsa y ritmo tropical. Eso marca el carácter y el ánimo de la gente y envuelve todo en un atmósfera de diversión. Nos dan ganas de pasar muchas noches sentados en la terraza de algún bar simplemente observando a la gente.

Ahora abandonamos Cali en dirección a Salento, con el objetivo de recorrer algún pueblo cafetero y aprender mas sobre uno de los pilares de la economía de Colombia, el café. 

Adios Ecuador, hola Colombia! 🇨🇴

Han sido menos de 15 días en el país, en los que hemos visitado Cuenca, Puerto López, Canoa y Quito. Nuestra idea era intentar disfrutar de un poco de sol tras los meses de invierno en el hemisferio sur, pero el tiempo no nos ha sonreído mucho. Playas hemos visto, pero prácticamente nos vamos tan blancos como llegamos.

La verdad es que tampoco nos hemos introducido mucho en la cultura del país, porque hemos hecho bastante el guiri. Los destinos de playa es lo que tienen, normalmente tienes que sacrificar autenticidad por comodidad. Aún así nos llevamos la impresión de que los ecuatorianos son amables y siempre que hemos necesitado ayuda nos la han proporcionado.

Además también hemos observado el potencial del país en lugares como Cuenca, donde disfrutamos de unos días tranquilos recorriendo sus maravillosos edificios. La otra ciudad grande que visitamos fue Quito y nos dejó la misma imagen que la mayoría de capitales en este lado del mundo: caótica y sobredimensionada. Aunque hay que destacar su transporte público, muy barato y eficiente.

En general Ecuador ha sido un país de paso a nuestro último destino en Sudamérica: Colombia. Todo lo que hemos oído de los viajeros que nos hemos encontrado haciendo la ruta opuesta a nosotros han sido cosas buenas. Tenemos muchas ganas de recorrer este país y empaparnos de su cultura y tradiciones. De hecho la foto pertenece a nuestra primera visita en él: el santuario de Las Lajas, una iglesia impresionante. Colombia empieza fuerte.