Sur de Bolivia, día 4

La alegría nos invadió nada mas salir del saco de dormir térmico: el sol salía por el este y el cielo estaba totalmente azul. El frío y el viento no había disminuido pero al menos la tormenta había desaparecido y la nieve comenzaba a fundirse. El día anterior habíamos dejado las montañas mas altas atrás y en esta parte del altiplano abundaban las lagunas. Ese era básicamente el principal atractivo del día.

Comenzamos visitando unas formaciones rocosas bastante curiosas, que solo los que soportaban bien el mal de altura pudieron escalar. Las vistas merecían el esfuerzo, porque la nieve cubría las colinas de alrededor y estábamos completamente solos. En una hora volvimos al jeep y emprendimos la marcha hacia las lagunas.

La primera que vimos estaba casi toda helada y como aún era muy pronto, el frío se hacía sentir. La bordeamos entera, caminando entre los pequeños ríos que la nutrían de agua. Había que tener mucho cuidado porque el suelo resbalaba muchísimo y había hielo por todas partes. Allí vimos por primera vez vizcachas: un roedor muy parecido al conejo, pero que trepa por las rocas con una agilidad asombrosa.

Reanudamos el camino hacia otras lagunas, con la esperanza de ver flamencos. El día anterior un grupo de viajeros que hacía la excursión en sentido inverso nos dijo que habían podido ver algunos y eso nos llenó de esperanza, porque normalmente se ven en el parque nacional y la tormenta no nos había permitido entrar en él. En las dos lagunas siguientes pudimos ver unos pocos de lejos, pero era casi imposible acercarse porque no se movían del centro del lago.

Finalmente llegamos a la laguna hedionda, que a pesar de su nombre, es un lugar mágico. Una laguna cristalina en la falda de una montaña nevada. El paisaje ya es suficientemente espectacular solo con eso, pero es que además había cientos de flamencos. Cerca de la orilla, volando alrededor del agua, comiendo con su cabeza bajo ella. Grupos enormes haciendo su danza, una marea rosa moviéndose sincronizadamente bajo el cielo azul. Mereció la pena todo el frío del mundo por contemplar aquello.

El día terminó por todo lo alto y al día siguiente nos esperaba el final de la aventura y el objetivo principal de ella: el salar de Uyuni.

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