Nuestra final de Champions ⚽️

Mientras en Cardiff el Real Madrid conseguía su doceava copa de Europa, nosotros observábamos desde la terraza de la casa de familia “lo de Asunta” como el Deportivo Iruya jugaba en casa contra el equipo del pueblo rival, el San Isidro. Obviamente el glamour no es el mismo, pero la ubicación del campo es infinitamente mejor.

Iruya es la imagen que debería salir en Google al buscar ” pueblo perdido entre montañas”. El viaje para llegar hasta allí desde Humauaca ya es una aventura en sí mismo: discurre durante horas al borde de un precipicio de cientos de metros de altura por una carretera de un solo carril. Contemplar al conductor del desvencijado autobús tomar las curvas cerradas es una experiencia entre lo suicida y el deporte de riesgo. Hay momentos en los que la parte frontal del vehículo parece suspendida en el aire, como retando a la gravedad a hacerlo caer. 

El pueblo se ubica en una pequeña abertura del desfiladero, donde las montañas son menos escarpadas. Las casas trepan por las faldas de las colinas, en una continua subida a la cima. La cuesta para llegar hasta la última casa (casualmente nuestro lugar para pasar la noche) es una auténtica tortura a esta altura. 

Iruya es polvoriento, seco y áspero. Su gente es dura y silenciosa: el clima de la quebrada la ha moldeado como a la roca. Y lo mas increíble es que este pueblo es un lujo comparado con los de alrededor: tiene electricidad, agua corriente y carretera. Hablando con los locales nos enteramos de que en la quebrada hay pueblos que están a 20 horas o más en burro, subiendo y bajando montañas de miles de metros de altura. Y no hay otra forma de llegar. 

Al marcharnos de aquí, el bus lleva gente de Iruya cerca de estos pueblos. Señoras de 60 años o mas se bajan en medio de la nada y las vemos alejarse montaña arriba, caminando por entre rocas en un paraje desértico. No se ve camino ninguno y la mujer va cargada de bolsas, suponemos que víveres para su familia. El sol cae con justicia y la abuelita caminará horas bajo él. Tras el atardecer seguirá caminando con el frío helador que recorre la quebrada, un viento que se mete en los huesos y no se irá hasta el amanecer del día siguiente.

Notamos como poco a poco dejamos atrás las ciudades y nos adentramos en una parte de Sudamérica rural y humilde. Será toda una prueba pero a la vez, nos enseñará realidades que no somos capaces de imaginar.

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