Desayunos de montaña ☕️

Tras una experiencia bastante desastrosa en Bago, necesitábamos encontrar un lugar donde descansar y poder disfrutar de la tranquilidad de Myanmar. No esperábamos encontrar Kalaw, un paraíso en la montaña en el que pensábamos pasar tan sólo un día y acabamos quedándonos tres.

La llegada no fue muy agradable: el bus nos dejó a eso de las 6 a.m en medio del pueblo y a esa hora en Kalaw hacía unos 12 grados. Acostumbrados al calor asfixiante del sur de Myanmar, encontrarnos esa temperatura fue un shock a pesar de estar avisados. Además nuestro hostal estaba a las afueras del pueblo, por lo que nos tocó caminar nuestros buenos kilómetros sufriendo un frío helador. En aquel momento maldecimos bastante por haber reservado tan lejos pero acabó convirtiéndose en una gran decisión.

Nada más llegar nos recibió el propietario, un hombre occidental muy amable que ya había visto cientos de mochileros llegar en las mismas condiciones. Nos dejó esperar en la cocina/comedor del hostal, al calor de un fuego bastante agradecido por nuestra parte. En cuanto una habitación quedó libre nos la preparó y a eso de las 9.30 pudimos entrar. Y era mucho mas de lo que esperábamos (y de lo que ofrece normalmente Birmania): camas confortables y cálidas, habitación limpia y baño impoluto. Increíble.

Decidimos alargar un día nuestra estancia para poder descansar y visitar con tranquilidad el pueblo. No sabíamos que lo mejor estaba por llegar: la mañana siguiente disfrutamos del mejor desayuno del viaje. Hacemos una lista de todo lo que había para cada uno dentro de esa tartera metálica:

– un plato de arroz tres delicias 

– Un huevo frito

– 2 generosos trozos de bizcocho de plátano

– 3 rebanadas de pan casero exquisito

– Mermelada de frambuesa casera

– Mantequilla neozelandesa

– Un plátano

– Un café instantáneo 

Además había papaya infinita recién cortada en la cocina, un tostador para el pan y agua caliente para el café.

Podemos decir sin vergüenza ninguna que ese desayuno hizo que nos quedáramos un tercer día, para poder disfrutarlo en esa mesa con vistas a la montaña, el sol entrando entre los árboles y una paz absoluta. Uno de los momentos del viaje.

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Atardecer en Hpa An 🌅 

El calor en Myanmar vuelve a ser tan asfixiante como al principio del viaje, en Tailandia. Pero este país es aún más desértico y como todo lo interesante está en el interior, lo lugares que visitamos son mucho mas secos. El sol entre las 11 y las 4 cae con una fuerza brutal y es difícil resistirlo sin intentar ocultarse en la primera sombra disponible.

Como contrapartida los atardeceres en Myanmar son seguramente los mas espectaculares que hemos visto en lo que va de viaje. Apenas hay nubes en el cielo, así que cuando se pone el sol el cielo se ilumina de rojos, violetas y naranjas. Es imposible apartar la mirada.

Ayer disfrutamos de uno increíble en Hpa-An, mientras cruzábamos el río cercano en una pequeña barca. Fueron apenas 10 minutos navegando, pero observar el cielo rosado reflejarse en el agua mientras los últimos rayos de sol se pierden entre las montañas compensó muchas de las perrerías al que este país nos somete.

Parece claro que el slogan de Myanmar se mantendrá como “Una de cal y una de arena”.

Donde viven los murciélagos 😈

Nunca nos habíamos preguntado en que momento los murciélagos deciden salir de sus oscuras cuevas para empezar su noche de cada día. Ayer descubrimos cuándo y cómo lo hacen. Y es aterradoramente fascinante. 

A eso de las 17.30 llegamos a la “Bat Cave”, el último lugar que visitábamos en nuestro tour por Hpa-An. Llevábamos vistas ya unas cuantas cuevas pero sobre todo, una cantidad inmensa de estatuas de Buda. En Myanmar tienen la costumbre de colocar un Buda (o varias centenas) en cada agujero en la tierra y en cada cima de montaña. Es impresionante la cantidad de ellos que hay. Cansados ya de tanto misticismo nos apetecía ver algo diferente y la cueva de los murciélagos prometía. Esperábamos ver unos cuantos saliendo de su hogar pero nos encontramos con bastantes mas. Como cientos de miles. 

Llegamos a la cueva justo cuando comenzaban a salir y no pararon durante los 15 minutos que estuvimos mirando el espectáculo. Todo el tiempo como se ve en el vídeo: salían sin descanso haciendo ese ruido tan horrible y volando en todas direcciones. No sabemos donde iban pero tened seguro de que no queremos ir allí. 
Dos birmanos alegres y decididos les gritaban mientras golpeaban un envase de plástico con un palo. El ruido que provocaban hacía que la corriente de murciélagos cambiará ligeramente de dirección y generara formas diferentes. 

Todos los que estábamos allí observábamos ensimismados. Daba miedo, pero era imposible apartar la mirada.  

Viajar en Myanmar 🙈

Solo llevamos 5 días aquí, pero este país es sin duda el más duro en el que hemos estado. Duro para ser occidental: cuesta adaptarse a un ritmo de vida y unas costumbres tan diferentes a las nuestras. Se nota casi en cada cosa que hacemos: a la hora de comer, de hablar, incluso de recorrer la ciudad o el pueblo en el que estamos.

Como muestra de ello, la historia de como llegamos a Hpa-An. Tras el fiasco de visita a la Golden Rock, decidimos marcharnos de Kinpun lo más rápido posible. Esa misma tarde cogimos unos billetes para el siguiente destino, que un amable vendedor nos suministró sin problema. Ese simpático personaje se convertiría horas después en nuestro peor enemigo.

Para llegar a Hpa-An teníamos que estar a las 8.15 am en la “estación” (un solar de tierra donde aparcan furgonetas) de bus de Kinpun, para que un tuc tuc nos llevase al pueblo cercano del que salía nuestro bus a las 9 a.m. El tuc tuc nunca apareció. En vez de ello nos subieron a una camioneta colectiva, que costaba 4 veces menos de lo que habíamos pagado por el transporte privado. Y eso no era lo malo: estaba claro que no llegaríamos a las 9 al pueblo, porque la camioneta iba recogiendo y dejando gente por el camino, retrasándose mas y mas. Aun así el vendedor nos prometió que el bus esperaría a que llegásemos.

Aparecimos en la siguiente “estación” (una mesita de madera, 4 sillas de plástico, una sombrilla y una carretera polvorienta) a las 9.30. Obviamente el bus nunca apareció. Interrogamos a los vendedores de tickets locales que nos dieron largas decenas de veces mientras esperábamos bajo un sol abrasador a que alguien nos llevase a nuestro destino.

A la hora un bus dirección Hpa-An apareció, pero no nos dejaron subir alegando que no era de nuestra compañía. Nuestra cara de pena, protestas y gritos no sirvieron de nada, mientras veíamos como una pareja de franceses que habían llegado más tarde que nosotros ocupaba su asiento, abandonaba este infierno y nos dejaba allí.

Finalmente dos horas después nos dejaron subir a un autobús local que iba a Hpa-An. Pero no podía salir todo bien: el bus no tenía asientos libres. Ni cortos ni perezosos nos proporcionaron unas mini sillitas de plástico y nos sentaron en el pasillo junto a otros cuantos alegres Birmanos. En la foto parece haber dos huecos, pero en realidad los ocupa una birmana embarazada que se encontraba mal y necesitaba espacio.

En ese momento, con todo en contra, nuestro odio hacia Myanmar alcanzaba cotas nunca vistas. Pero de repente un monje budista se puso a hablar con nosotros, le explicamos nuestra situación y se ofreció a ayudarnos en todo lo posible. Llamó para protestar a Kinpún, nos dejó su teléfono para llamar a nuestro hostal y avisar de que llegábamos tarde, y nos dio decenas de buenos consejos para el futuro. Mientras tanto, una señora nos vio cara de hambre y nos regaló toda la comida que tenía (unos bollos de chocolate que no hacían mala pinta) y fue imposible decirle que no.

Esto es Myanmar: una cara y cruz constante, cal y arena a cada paso. Está siendo duro pero parece que siempre hay una recompensa al final.

Una roca de oro sujeta por un pelo de Buda 😒

Cuando hasta la Lonely Planet te avisa de que puede que sea raro visitar una roca en una montaña, prepárate para lo peor. Haciendo caso a algunas recomendaciones y blogs nos acercamos al monte Kyaiktiyo, donde una roca gigante bañada en oro desafía a la gravedad. Y podemos decir que la visita ha sido bastante fracaso.

Empecemos por lo bueno: la roca en sí es espectacular y fotogénica, más aún si llegas al atardecer. Es un caso de manual de “la foto engaña” porque aquí se acaban las cosas positivas.

Lo malo: vamos a dejar a un lado las 6 horas que hemos tardado en recorrer los 120 kilómetros de Yangón a Kinpun, el pueblucho al lado de la roca. Nada mas llegar hemos tenido que buscar hostal porque era imposible reservar por internet: ningún lugar aparecía en Booking o Agoda. Recorrer el servicio hostelero de Kinpun nos ha ofrecido el placer de ver auténticos horrores indescriptibles. Lo único decente que hemos encontrado cuesta 25$ la noche, un precio por el que en Vietnam tienes una suite. Lo mas caro que hemos pagado hasta ahora por dormir y el sitio es simplemente aceptable.

Después hemos subido al camión que, junto a otras 48 personas, te sube a la roca por el módico precio de 3€ ida y vuelta. 45 minutos de traqueteo infernal mas tarde hemos llegado a la cima del monte. Allí esperábamos disfrutar de un lugar de peregrinación y un ambiente místico alrededor de un lugar sagrado. 

Lo que hemos encontrado era mas bien el parque temático Roca Dorada, con un pueblo mucho mas grande que el de la base de la montaña, hoteles de lujo, centenares de tiendas y miles de locales haciendo selfies. Además solo los hombres pueden acceder a la roca, por lo que Paula ni siquiera ha podido acercarse. A todo esto había que pagar mas de 4€ por persona para entrar, un robo total. Tras la visita de apenas media hora, esquivando comerciantes y vendedores de todo tipo, vuelta al camión, espera de media hora y otros 45 minutos de bajada montañil en plan rebaño. 

Al llegar a Kinpun nos moríamos de hambre, pero la oferta gastronómica de Myanmar no ha decepcionado: una sopa horrible, sin sabor ninguno y sin apena fideos. Hemos acabado deambulando por el pueblo buscando un triste pan de molde con el que calmar nuestro estomago.

Como veis, nuestra recomendación acerca de la visita a la roca dorada se puede resumir en una frase: busca la mejor foto de ella y ni se te ocurra venir.

Impacto Yangón 😳

Después de la amable y acogedora Vietnam, llegar a Yangón es todo un choque mental. Para empezar la temperatura: hemos pasado de unos agradables 20 grados a mas de 33. El calor y el sol nos han recibido a máxima potencia.

Después la ciudad: caótica a mas no poder. Si en Vietnam las motos son la norma y lo mas usual es ver un enjambre en cada cruce intentando pasar en todas direcciones, en Yangón no hay ninguna. Eso significa que los coches mandan y hay demasiados. El tráfico es terrible: tardamos hora y media en recorrer los míseros 14 kilometros que separan el aeropuerto de la ciudad. Un atasco constante.

En cuanto a la ciudad: una mezcla de Asia e India. La gente ocupa las calles, cocina y vive en ellas. Los olores son fuertes, los buses destartalados y hay pocos occidentales. Se nota que hace pocos años que Birmania está abierta al mundo: nada está preparado para el turista. Los birmanos con los que hemos tratado son simpáticos y cercanos, siempre sonríen. Parecen mas interesados en ayudarte que en otros países. 

Hoy solo hemos podido recorrer una parte de la ciudad y visitar Shwedagon Pagoda, unos de los principales lugares de peregrinación del país. Es un conjunto de templos enorme, cuya pagoda mas grande mide 100 metros y está bañada en oro. Su brillo puede verse desde casi cualquier punto de la ciudad. Es curioso, porque a diferencia de otros monumentos, la mayoría de personas que la visitan son locales. 

Mañana salimos al segundo punto de peregrinación más importante: una roca de oro que pende de una montaña gracias a un pelo de Buda. Tenemos que verlo.