Viajar en Myanmar ðŸ™ˆ

Solo llevamos 5 días aquí, pero este país es sin duda el más duro en el que hemos estado. Duro para ser occidental: cuesta adaptarse a un ritmo de vida y unas costumbres tan diferentes a las nuestras. Se nota casi en cada cosa que hacemos: a la hora de comer, de hablar, incluso de recorrer la ciudad o el pueblo en el que estamos.

Como muestra de ello, la historia de como llegamos a Hpa-An. Tras el fiasco de visita a la Golden Rock, decidimos marcharnos de Kinpun lo más rápido posible. Esa misma tarde cogimos unos billetes para el siguiente destino, que un amable vendedor nos suministró sin problema. Ese simpático personaje se convertiría horas después en nuestro peor enemigo.

Para llegar a Hpa-An teníamos que estar a las 8.15 am en la “estación” (un solar de tierra donde aparcan furgonetas) de bus de Kinpun, para que un tuc tuc nos llevase al pueblo cercano del que salía nuestro bus a las 9 a.m. El tuc tuc nunca apareció. En vez de ello nos subieron a una camioneta colectiva, que costaba 4 veces menos de lo que habíamos pagado por el transporte privado. Y eso no era lo malo: estaba claro que no llegaríamos a las 9 al pueblo, porque la camioneta iba recogiendo y dejando gente por el camino, retrasándose mas y mas. Aun así el vendedor nos prometió que el bus esperaría a que llegásemos.

Aparecimos en la siguiente “estación” (una mesita de madera, 4 sillas de plástico, una sombrilla y una carretera polvorienta) a las 9.30. Obviamente el bus nunca apareció. Interrogamos a los vendedores de tickets locales que nos dieron largas decenas de veces mientras esperábamos bajo un sol abrasador a que alguien nos llevase a nuestro destino.

A la hora un bus dirección Hpa-An apareció, pero no nos dejaron subir alegando que no era de nuestra compañía. Nuestra cara de pena, protestas y gritos no sirvieron de nada, mientras veíamos como una pareja de franceses que habían llegado más tarde que nosotros ocupaba su asiento, abandonaba este infierno y nos dejaba allí.

Finalmente dos horas después nos dejaron subir a un autobús local que iba a Hpa-An. Pero no podía salir todo bien: el bus no tenía asientos libres. Ni cortos ni perezosos nos proporcionaron unas mini sillitas de plástico y nos sentaron en el pasillo junto a otros cuantos alegres Birmanos. En la foto parece haber dos huecos, pero en realidad los ocupa una birmana embarazada que se encontraba mal y necesitaba espacio.

En ese momento, con todo en contra, nuestro odio hacia Myanmar alcanzaba cotas nunca vistas. Pero de repente un monje budista se puso a hablar con nosotros, le explicamos nuestra situación y se ofreció a ayudarnos en todo lo posible. Llamó para protestar a Kinpún, nos dejó su teléfono para llamar a nuestro hostal y avisar de que llegábamos tarde, y nos dio decenas de buenos consejos para el futuro. Mientras tanto, una señora nos vio cara de hambre y nos regaló toda la comida que tenía (unos bollos de chocolate que no hacían mala pinta) y fue imposible decirle que no.

Esto es Myanmar: una cara y cruz constante, cal y arena a cada paso. Está siendo duro pero parece que siempre hay una recompensa al final.

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